A lo largo de mi vida he conocido a poca gente que adora su trabajo, pero cruzarme con ellos siempre me ha aportado lucidez en tiempos de obcecación. Al menos en 2017, a esa gente podía contarla con los dedos de una mano.
Mi amigo Kam es ingeniero de materiales. Iba a trabajar hasta cuando le obligaban a cogerse vacaciones, nos enseñaba vídeos de sus investigaciones, y en una conversación que parecía absurda pero que nada tenía de ello, mi compañera de piso preguntó retóricamente que quién no dejaría su trabajo si le tocase la lotería.
Sorprendentemente para todos los que estábamos en esa cena de compañeros de piso, Kam respondió que él no lo haría. Era el año 2017 y yo llevaba a penas un año trabajando en trabajos “de verdad” (no prácticas) cuando tuvimos esa conversación. Fue un momento muy revelador. Pero hubo muchos más.
Pocas personas he conocido enamoradas de su trabajo, y en contrapartida, muchas en una relación complicada con éste, basada en una mezcla de indiferencia, necesidad, conformismo y presión social. Yo me encontraba entre ese último grupo.
Esa indiferencia al levantarte cada mañana con el piloto automático y ni siquiera preguntarte qué te mueve, a parte del dinero.
Ese conformismo al pensar que esta es la época y la vida que nos ha tocado vivir, que hay gente teniendo verdaderos problemas que dejan tu “crisis existencial” a un vergonzoso nivel.
Ese conformismo, al aceptar que ya tienes un trabajo que te da estabilidad y un sueldo para poder comer y pagar el alquiler sin preocupaciones.
Ese conformismo que retumba en tu cabeza diciendo “ya tengo un trabajo, no necesito pasar por el agotador proceso de aspirar a otro, aunque pudiera ser mejor”.
Esa necesidad de sentirte útil después de haber acabado unos estudios, porque no hay mayor frustración que estar en el paro durante meses, años, y a cada oferta que te rechazan, no poder evitar ese amargo pensamiento de que quizás no sirves para nada, de que quizás eres una inútil.
Cuantísima gente hemos estado desempleados y cuantísimas de mis amigas hemos aguantado con impotencia, y muchas veces, entre lágrimas, un rechazo laboral tras otro.
Y esa presión social, factor que te marca paulatinamente una senda a seguir, dibujando otros caminos como peligrosos, inciertos, o simplemente mal vistos en una familia española típica de clase media, de padres baby-boomers con hijos millenials.
Y cuando conoces a gente así, como mi amigo Kam, los cimientos en los que se basa tu educación y tu vida, se empiezan a tambalear, hasta que al final, se caen. Y eso, querida…es una desconcertante, pero buenísima señal.
"Es más fácil romper un átomo que una creencia" - Albert Einstein
THE END!
Este artículo es parte de la serie ESAD. Si te gusta este contenido, recuerda que puedes apoyar el blog uniéndote al Club ACTech, donde encontrarás material premium que no publico en ninguna otra parte.
Sobre la autora de este post
Soy Rocío, una abogada reconvertida en programadora. Soy una apasionada de aprender cosas nuevas y ferviente defensora de que la única manera de ser feliz es alcanzando un equilibrio entre lo que te encanta hacer y lo que te saque de pobre. Mi historia completa, aquí.
Otros artículos que pueden interesarte